La tierra está desierta y vacía

14/11/2025 - 13/03/2026

La tierra está desierta y vacía

Ramon Herreros

Una mañana de finales de junio me llegó un mail. Sònia Villegas estaba preparando una exposición de Ramon Herreros, la primera en mucho tiempo. Hacía pocos días había estado en el estudio escogiendo los cuadros con él. Una amiga y yo les ayudábamos a moverlos, escuchando por qué un cuadro sí y por qué otro no. El mail era de ella. Me proponía escribir el texto del catálogo que se iba a hacer. Mi primera reacción fue de sorpresa, luego de duda. Se lo comenté a Ramon y él me dijo que si me apetecía, lo hiciera. En los más de cuarenta años que lleva Ramon exponiendo nunca nadie me había pedido un texto. A mí me parecía lógico, estoy demasiado cerca de su obra y de él mismo. Pero eso era precisamente lo que había llevado a Sònia a pensar en mí. Al final acepté. Los once cuadros que se presentan en El Principal de Còrsega están seleccionados con mucho cuidado para mostrar la evolución de una pintura que pasó de la abstracción a la figuración, sin dejar de ser reconocible y personal. El más antiguo es de 1989, una abstracción donde aletea ya el deseo de la figuración en esa hoja negra que flota en la parte de arriba. Hay otro cuadro abstracto, de 1992; es una de las piezas de “El axioma de María”, título sugerente de una serie presentada en la Galería Maeght de Barcelona en 1992. Dos pinturas de los años noventa representan el salto de la abstracción a la figuración. Son dos obras figurativas, pero en absoluto naturalistas. “La espera – I”, de 1995, muestra a una mujer sentada en el vacío leyendo un libro. Dos colores dominan el cuadro, los tonos grises del fondo sobre el que destaca iluminada la figura que espera. “La tierra está desierta y vacía”, de 1997, es para mí una de las piezas más importantes de la obra de Ramon. La mujer dormida que sueña, cubierta de un manto del color de la tierra con una palmera sobre un fondo azul, es uno de sus cuadros más misteriosos y fascinantes. “La ofrenda de Turín – IV”, con fecha de 2001, es una de sus obras más serenas. No te cansarías nunca de ver a ese perro dormido a los pies de una mujer sentada y tranquila. En cambio, los dos cuadros que llevan el nombre de “Alicia”, de 2002-2003, son retratos valientes de una mujer orgullosa de serlo, una mujer de la que Ramon sabe captar su poder y su fuerza. Si la figuración aleteaba en el primer cuadro, en “Constelaciones”, de 2004, es la abstracción la que intenta abrirse paso en una combinación mágica entre una granada, la fruta más sagrada, y la constelación de Orión, brillante en el cielo nocturno de la primavera. Magia, misterio, algo sagrado es lo que vemos, desde su título, en “La cazadora de rocas”, de 2003-2004, un cuadro físico, tangible, donde la sensualidad y humanidad de la modelo se apoyan en la solidez estructural de una roca. Las dos últimas pinturas escogidas para esta exposición son de los años 2011 y 2013. Son cuadros arquitectónicos. “Monasterio de Leyre” invita a hablar en silencio y cobijarse bajo el árbol negro, quien sabe si escuchando un lejano canto gregoriano. “El árbol filosófico” reúne la forma cuadrada de un edificio y la forma orgánica de un árbol seco. La conjunción justifica plenamente el título de la obra. No soy crítica de arte, por eso mi aproximación a la pintura es emocional, sentimental incluso. Agradezco mucho a Sònia que haya escogido estos cuadros y le agradezco mucho también que me haya dado la oportunidad de compartir un pensamiento que hasta ahora solo guardaba para mí. Esta no es una exposición antológica, no lo pretende, pero sí es una exposición que devuelve al público los muchos Ramon Herreros que ha habido en estos cuarenta años. Los que le conocen le reconocerán, los que lo descubran por primera vez, puede que no lo olviden. Nuria Vidal

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